¿Es la autoayuda y el rollito Buddhist el nuevo hype cultural?

(12 pistas que apuntan en esa dirección)

01.- Todo comienza con un tipo con suerte. La clase de persona que sólo puede despertar antipatías. Un despreciable ser en apariencia sin talón de Aquiles. El eterno ganador. Gente a la que te encantaría mirar ardiendo en el sulfuro más nauseabundo de los infiernos. Alguien que lo tuvo todo y que sacó partido de ello. Aunque eso sólo fue hasta que cumplió los veintitantos. Entonces supo que mientras todos a su alrededor tocaban fondo, él había tocado techo. Subir más era imposible. Exprimió al máximo los placeres materiales, y luego despertó. Miró de frente el dolor auténtico y se entregó a la filosofía del justo medio. Nuestro protagonista se llama Siddharta Gautama, y él es la piedra fundacional del budismo, de toda la literatura sobre desarrollo personal, de una parte importante de la contracultura del siglo XX, de la meditación y de su derivado occidental, el mindfulness. Su filosofía alimentó a yuppies y a hippies (aunque quizá eso se deba a que eran los mismos), y todo apunta a que también pueda ser el biberón de la juvenalia de nuestro tiempo. El budismo, en suma, es una filosofía de petaos. Como una cicatriz de guerra. Porque cuando alguien te dice que es budista, lo que en realidad te está diciendo es que:

—Cuidadito que yo he vivido. Muy #AlLímite.

Más o menos.

Lodro Rinzler. Parece un autor de la cantera de Alpha Decay o Blackie, pero no. Él es autor de un libro fantabuloso llamado El Buda entra en un bar (2013) y está publicado en Kairós, un sello que lleva casi medio siglo publicando a Alan Watts, a Osho, a Kabat-Zinn, a Daniel Goleman, a Jiddu Krishnamurti y otros tantos insignes nombres asociados al misticismo con dos dedos de frente, al New Wave y la contracultura de los 60. Y todos sabemos que los movimientos culturales se mueven por la historia como un boomerang. Todo vuelve.

02.- Lodro Rinzler. Podría pasar por un autor de la cantera de Alpha Decay o Blackie, pero no. Él es autor de un libro fantabuloso llamado El Buda entra en un bar (2013) y está publicado en Kairós, un sello que lleva casi medio siglo publicando a Alan Watts, Osho, Kabat-Zinn, Daniel Goleman, Krishnamurti y otros tantos insignes nombres asociados al misticismo con dos dedos de frente, al New Age y la contracultura. Y todos sabemos que los movimientos culturales van y vienen como un boomerang. Todo vuelve.

03. y 04.- El principio tolstoiano por el cual «No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan», reiterado justo ahora con la publicación de Assata Shakur[1]. Tampoco hace falta insistir en el hecho de que la indignación internacional de Occupy y de la Primavera 2011 se desinfló, con alguna que otra honrosa excepción de activismo que resiste en 2013. Se acabó el ardor. (De momento). Y además llegará un día en que los millennials tengamos que considerar que nuestras reinvidicaciones (vivienda digna, trabajo digno) han sido las más aburridas de los últimas décadas. ¿Acaso no nos gustan ya las experiencias místicas, como a vuestros antepasados?

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(Zombie Kids, Party Harders y un montón de falsos #flautaperros/ #flutedogs que se lo están pasando mejor que tú SaveFrom.net. Too much hippi hippi.)

 La primavera Thoreau, como la llamó Marta Caballero en El Cultural. Ni que decir tiene, Thoreau es una versión occidental del mito de Buda. Me voy al campo, ¡ahí os quedáis!

05.- La primavera Thoreau, como la llamó Marta Caballero en El Cultural. Ni que decir tiene, Thoreau es una versión occidental del mito de Buda. Me voy al campo, ¡ahí os quedáis!

06 y 07.- Los (ya agotados) memes Keep Calm. El póster lo puso por primera vez en marcha el gobierno británico al inicio de la II Guerra Mundial, según dice Wikipedia; y desde luego tiene lógica que sus versiones paródicas apareciesen en el declive de la indignación. Keep Calm es la respuesta a ese sentimiento popular de inofensiva cólera que protagoniza Occidente desde hace unos años, estupendamente significado por aquel titular de Jorge Vestrynge («Me veo muy rojo y muy enfadado; sin nada que perder»; ¡huy qué miedo, señor Vestrynge!). O como diría Azúa: «en España sólo hay un modo de hacerse respetar: que te tengan miedo, que les hagas temblar. De modo que se disfraza de bárbaro y ataca antes de que le ataquen.»Después de tantos y tantos avisos del lobo por venir, nadie cree ya en el lobo. Pues eso, Keep Calm.

El razonamiento por el cual, en el momento en que aceptas que emocionalmente eres una ruina humana, ¿qué más da que suplas tus deficiencias con un montón de sexo a desgana, kilómetros de farlopa, psicoterapia, diazepames o libros de autoayuda? Si total, se trata de autodestrucción.

08.- El razonamiento por el cual, en el momento en que aceptas que emocionalmente eres una ruina humana, ¿qué más da que llenes tu vacío con un montón de sexo a desgana y mal hecho a causa del Jagërmeister, kilómetros de carísima farlopa cuyo comercio atenta contra el Tesoro público y algunas cuantas geografías mundiales, psicoterapia, diazepames o libros de autoayuda? Si total, se trata de autodestrucción.

09.- La gente que se opone a la «autoayuda» tiene toda la pinta de ser la misma que demoniza los bestsellers, como si en las listas de estos últimos no fuese posible download free music mp3 encontrarse a Javier Marías y Albert Espinosa, a Eduardo Mendoza y a Dan Brown, probablemente si haber ojeado ninguno, ni mucho menos a Rinzler (por citar a Rinzler) o a Coelho (por citar a un petao). Ni que decir tiene que ya sabemos lo que pasa cuando la ortodoxia moral trata de crear apartheids dentro de las librerías, intentando hacer sentir a quienes ojean la sección de desarrollo personal (o bestseller) como si estuvieran detrás de la cortina XXX del antaño videoclub. Allí donde hay censura, hay alegría (que no felicidad, matizará algún budista).

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10.- Sheila Heti. Su libro es un pepino que seguramente esté siendo reseñado en publicaciones de bien, pero al loro con el título: «Cómo-Debería-Ser-Una-Persona».

11.- El vacío oriental. Es decir, el debate intelectual más apasionante de los últimos tiempos ha sido Hayek VS Keynes, Nubarro VS Huerta de Seto, que diría Saló SaveFrom.net. Dos modelos económicos (y morales) que bien funcionan como modelos en la teoría, pero que luego nunca encuentran sus correlatos en la práctica política. Nubarro y Huerta de Seto, Hayek y Keynes, significan un choque de corrientes intelectuales occidentales. Pero, ¿existe vida intelectual más allá de todos ellos?

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(«¿Y si el dinero no importara?» Ya hay que ser osado para hacer esas preguntas en 2013, Alan, eso es provocador).

12.- El spot del Primavera The Therapy Group:

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Moderneo y autoayuda. En inglés pero con subtítulos en español para todos aquellos que no eran excelentes en idiomas. A fin de cuentas, esto va de que «Tú no estás solo», y nosotros te hacemos un poco más feliz a un precio razonable. Y si los publicistas del primavera piensan en la autoayuda, es que algo está pasando ahí.


[1] «Las personas se acostumbran a todo. Cuanto menos piensas en tu opresión, más aumenta tu tolerancia hacia la misma. Poco después, la gente piensa que la opresión es el estado normal de las cosas. Pero para liberarse, uno tiene que ser muy consciente de que es un esclavo.»

11 cosas que cualquier autor o sello editorial debería tener en consideración antes de postear en redes

(O por qué tu timeline y mi tiempo —o viceversa— valen más de lo que tú y yo pensamos)

1.- Un montón de gente cuenta historias, o cree que tiene historias que contar, pero lo cierto es que nadie escucha, o a nadie le importan esas historias, o sólo atiende un grupúsculo de gente demasiado cercano al emisor para ser considerado una audiencia verdadera. La cuestión es… ¿De qué hablábamos?, ¿redes sociales o mesas de novedades?

2.- Si 5.000 personas siguen lo que dices y posteas algo que obtiene 100 sellos de aprobación, eso no significa que seas un líder de opinión. Significa que hay 4.900 personas en desacuerdo contigo o a las que no le interesas. Yo sé que tú lo sabes, pero por si las moscas.

3.- Estar en las redes puede servir para dos cosas. Para optimizar tu marca, o para demostrar a alguna gente para la cual tu marca era una intriga que en verdad eres menos atractivo de lo que ellos mismos estimaban. No tener una personalidad pública definida es mejor que exponer tu marca al escarnio.

4.- «Excelente reseña de…» Me da igual. (Si quisiera leer los medios convencionales, no estaría en Internet.)

(Sheldon Ríe: Expresión facial característica en el 95% de gente que trata de vender algo en internet mediante el viejo truco de sintonizar emocionalmente con el usuario.)

«Sheldon Ríe»: expresión facial característica en el 95% de gente que trata de vender algo en internet mediante el viejo truco de sintonizar emocionalmente con el usuario.

5.- Los mejores publicitarios, los mejores abogados y los mejores críticos tienen en común una cosa: argumentos que son muy complicados de rebatir. Sé tu peor troll.

6.- La marca (el sello; el autor) es una historia que exige mucho más tiempo que el producto (el libro). Si vas a contar una historia con tu marca, que sea buena; a ser posible mejor que el producto. Si no, cuenta sólo con el producto. (Esto lo han entendido en todos los sitios menos aquí; a saber por qué).

7.- No es muy creíble esa gente que se enfada mucho con lo que sucede al exterior de su mundo («¡banqueros ladrones!, políticos corruptos», «¡Daft Punk, pesaos!», «¡Mou destitución!») y se pone muy tierna con los acontecimientos cercanos: «¡g-r-a-c-i-a-s por estar ahí, amigos!» No.

8.- La culpa no siempre es de los cambios de Zuckerberg; a veces el problema es lo que la gente cuenta ahí dentro.

(Expresión facial característica en el 95% de usuarios de Internet expuestos a mensajes de vendedores digitales que intentan sintonizar emocionalmente con ellos. No.)

(Expresión facial característica en el 95% de usuarios de Internet expuestos a mensajes de vendedores digitales que intentan sintonizar emocionalmente con ellos. No.)

9.- El mundo es cruel, la vida es dura y por naturaleza la gente piensa mal de los demás (salvo en Cuba, Venezuela, Corea y Barcelona). Es educado no hablar a la gente como si ésta viviera en una fiesta perpetua o como si los lunes por la mañana no existieran. Intenta que sus vidas new mp3 songs sean más agradables, pero cuida los modales. Tu excelente reseña tampoco me alegra el lunes por la mañana. Ni a ti tampoco, la verdad.

10.- Desestima las exclamaciones. Sólo hay tres clases de personas que utilizan las exclamaciones con frecuencia: los niños que aprenden a escribir y redactan cosas para el colegio, los CM de Burger King y los psicópatas, ¡wiiiii!

11.- Lo más importante de todo: tienes entre manos la proyección pública la literatura, lo que significa que un paso en falso podría encaminar a los lectores a las drogas o a la autoayuda. No seas una campaña gubernamental de animación a la lectura. Sé real.

Y punto.

Gracias por leer hasta aquí; vuestro tiempo es oro.

Yo, yo, yo y yo

Del mileurismo al precariado y los desahucios pasando por Fotolog, MySpace y Blogger: una historia circular, o espiral.

Yo soy «mileurista», la célebre carta firmada por Carolina Alguacil de la que surgiría el neologismo, apareció publicada en agosto de 2005, pero la verdad es que hasta algunos años después no sería verdaderamente importante. En diciembre de 2007, Lucas Arraut publicaba en el desaparecido suplemento de tendencias EP3 el reportaje «Generación Yo» (De cuándo y cómo tú te convertiste en lo más importante de tu vida, y decidiste compartirlo con el mundo a través de Internet). Ésa sería la época de la democratización de la celebridad y el tan cacareado exhibicionismo, o eso se decía entonces, cuando tanta frivolidad aparente enfadó a muchos, si bien como luego resolviese el implacable Fernández Porta, a lo mejor el conflicto venía motivado por reprobables instintos*. También es de justicia aceptar que en esa época, ni los críticos ni los criticados sabían que estaban viviendo los últimos minutos de consumismo sin interrupciones, antes de que la pista sobre la que bailaban ebrios se desprendiese y los sepultara a todos. Paradojas del capitalismo, en 2013 ese culto al yo no sólo ha dejado de ser censurable. Además parece haberse convertido en una herramienta para hacer política, como en aquella carta de Carolina Alguacil ocho años atrás. ¿Ejemplos? Aquí o aquí, donde Juan Cruz recurre a las declaraciones de Menacho para construir una abominable historia que bien podía haber sido publicada en las cabeceras más retrógradas, y en la que los valores católicos prevalecen sobre la lucha de clases, que a fin de cuentas es lo que importa.

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Diciembre de 2007: ésos sí eran buenos tiempos

Acertijos: ¿Hostigaron demasiado a los representantes de la «Generación Yo»?, ¿o será que la crisis ha reblandecido el cerebro de la crítica y de la furibunda España digital? ¿Estimulan las burbujas económicas el mal rollo de manera sistemática, mientras las crisis nos hermanan religiosamente? ¿Será posible elaborar un discurso político de interés y de rigor desde el antaño despreciado Yo? ¿Tenemos motivos para mp3 free celebrar la extinción de aquellos redomados narcisistas impulsados en MySpace que luego darían pie a precarios en alerta, cual colosal monumento a la victoria pírrica? ¿Es la ciudadanía una especie animal inclinada a leer historias sobre «dignos precarios» y familias desahuciadas antes que sobre la felicidad de la muchachada? ¿Se equivoca alguno de los dos yoes? ¿O por el contrario está todo bien?

Vosotros diréis.

*«El registro autobiográfico, el memorialístico, el dietario y otras modalidades de la prosa en la que supuestamente prevalece la dicción del yo sobre la ficción narrativa siguen siendo consideradas potestad exclusiva de la tercera edad (…) La recurrente crítica al exceso de yo de los blogueros y los tuiteros, mayoritariamente, jóvenes, es una desesperada reacción conservadora ante la abrumadora evidencia de que el yo de una persona de veinte años (…) resulta mucho más interesante que el de su abuelo» (Emociónese así, 2012)

El grano, las pajas y el 99%

A diferencia de la música, no conozco ninguna otra disciplina creativa en donde sea posible detener a un autor por «apología del terrorismo», conseguir la suspensión de un concierto debido a la «homofobia» de un cantante», y ahora también causar tendencia en Internet debido a aquel penoso artículo sobre el «machismo gafapasta». Ok. Tal vez Philip Roth todavía consiga levantar un coro de quejas en alguna comunidad de jasídicos norteamericanos, o alguien fantaseó vagamente con señalar a Houellebecq como incitador a la pederestia, y quizá los personajes masculinos de un Wallace despierten repugnancia en clubes feministas de lectura. Pero lo cierto es que cuando censuras de orden moral se ciernen sobre una obra literaria, el inane incendio no suele requerir grandes energías para apagarlo. En verdad, las razones de semejante desinterés por la inmoralidad de la literatura pueden deberse a que popularmente los lectores podemos ser comprendidos como individuos aislados e inofensivos, demasiado poco peligrosos para provocar ningún desarreglo público. O bien porque, a este lado de la literatura, todo quedó zanjado con los juicios a Flaubert y Baudelaire, hace ya unos cuantos años, en un momento a partir de cual la rectitud dejaría de pertenecer para siempre a los dominios de la ficción. En cualquier caso, la vergüenza ajena que provoca aquel artículo de Diagonal reside precisamente en que sus autores incurren en una ortodoxa, pacata, evangelizadora y ominosamente inculta crítica literaria. Y a lo mejor no era ésa la disciplina a la que debían proyectarse. Por mi parte, suscribiré aquellas palabras de Alex Ross, según el cual, «Yo no escucho música para civilizarme; a veces, precisamente la escucho para escapar del mundo establecido».

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Chopstick & Johnjon: Obviamente es una puta.

A la vista de los conflictos sociales sucedidos en los últimos años, que la crisis del capitalismo haya sido sustituida como tendencia digital —y por tanto popular— por un coágulo de disparates sobre el sexo de los ángeles (perdón) no deja de ser un indicador de que, en apariencia, las cosas marchan bien. O al menos si tenemos en cuenta que en algún momento la crisis parecía habernos enseñado a separar el auténtico grano en el trasero de (perdón, perdón) las pajas. De la soberanía de Cataluña a los sucesivos casos de corrupción política —una fantástica estrategia de comunicación política por la cual nunca existe un único objetivo a batir, sino que cada semana top downloaded songs un nuevo villano atrae la atención de toda la liga de la justicia, y la distrae—, o de la representación del sexo en la cultura popular a la opresión sobre distintos gremios laborales, da la impresión de que aquel marco de comprensión que parecía otorgar sentido a las aflicciones del 99% se está desvaneciendo para dar pie a un nuevo festival de desvergonzado egotismo. Como es natural, semejantes cambios en los intereses de la opinión pública llaman a interrogarse si existirá alguna relación con el hecho de que en los últimos seis meses dos de los indicadores económicos que más nos preocupaban hayan mejorado notablemente. Si la prima de riesgo se ha visto reducida a la mitad de su máximo histórico, el Ibex ha aumentado casi un 40%. Y eso a pesar de que el más importante de todos, el desempleo, continúa estancado.

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Brighter days?

Aunque la autocrítica no suele ser el rasgo más atildado de la condición humana (ni tampoco del carácter nacional), a excepción de algún que otro nostálgico de 2011, opciones como el 15-M se han revelado como herramientas de cohesión social muy insuficiente para realizar cambios importantes, incluso para aquellos que también estuvimos ahí. Owen Jones lo dijo alto y claro en su tribuna del Telegraph a propósito de la huelga general europea: «En Gran Bretaña, como en el resto de Europa, las protestas contra la austeridad han fracasado. Tenemos que buscar otra vía», aludiendo al clima de desánimo general, y a una rabia colectiva que no había conseguido materializarse en éxitos sociales. Apenas un par de meses después de aquel diagnóstico, efectivamente hemos transformado las subjetividades coléricas por otras muchos más relajadas, o bien reciclado la ira del 99% por otras más personales, sin que el auténtico contexto social haya cambiado lo más mínimo. Y todo ello haciéndonos eco de los dictados de arbitrarias agendas periodísticas, como tontorronas mascotas que salen una y otra vez a recoger el mismo juguete.

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Tecnamen heteropatriarcal.

«Tal vez, y sólo tal vez, lo peor de la crisis del euro ya haya pasado», rezaba hace poco Bussinessweek, en relación a unas declaraciones de Mario Draghi. Tanto si los pronósticos del Presidente del BCE acerca de la «recuperación gradual» son ciertos o no, y la vista de esa creciente actitud general de soslayo ante los problemas del 99%, lo que sí es posible sacar en claro de todo esto es que la relación entre nuestra sociedad y el liberalismo intervencionista que la acoge se parece bastante a los problemas de ese típico amigo pesado que todos hemos tenido alguna vez, que está todo el rato amenazando con romper con su pareja (heterosexual o no) para iniciar algo más próspero, pero que, después de algunos cuantos episodios violentos, los dos siguen como si nada. A lo suyo.

Ay, los misterios del amor. Mejor no queráis legislar sobre tal cosa: os decepcionaréis.

La gran novela de la crisis

A los cuatro años del inicio del terremoto, los efectos de estos convulsos tiempos económicos han acabado por instalarse al fin en nuestro panorama editorial. Aquellos refulgentes agentes culturales que en el año 2009 —cuando todavía no estaban muy claras las consecuencias del crash— todavía protagonizaban sucesivos reportajes de tendencias sobre la savia nueva de la edición independiente, ahora se afanan poderosamente en suministrar a sus catálogos con una literatura que sintonice con la crisis. Lujosas ediciones ilustradas del Manifiesto comunista se revelan como modestos superventas en las ferias. Los ya añejos ensayos sobre cultura popular dan pie a una macedonia de contribuciones para pensar desde la izquierda. Y en el panorama narrativo, aquellos autores que tiempo atrás discutían en exceso sobre la experimentación, la vanguardia y el realismo, ahora convienen en intervenir a favor de una causa común, es decir, las glosas sobre crisis, amenazando con transformar el asunto en un fenómeno de dimensiones parecidas a la narconovela mexicana o a las novelas españolas sobre la Guerra Civil y la transición. Con mayor o menor atino, todo el mundo quiere aportar su granito de arena para explicar lo que está pasando. Si bien no faltará quien piense que «la apropiación oportunista de las señas de identidad del movimiento [15-M] con fines empresariales ha sido download mp3 songs una constante desde la aparición de las primeras acampadas a mediados de mayo del año pasado», como se quejaba maliciosamente mi colega Ernesto Castro en el prólogo a El arte de la indignación, un libro del que, por lo demás, bien podría pensarse que incurre en esa misma voluntad de obtener réditos oportunistas de la crisis desde la izquierda que él mismo denuncia.

A mi juicio, el argumento de Ernesto sobre el oportunismo editorial, aún no siendo del todo desatinado, al menos sí exige precisar algunos cuantos matices, pues a fin de cuentas, ¿no intenta la literatura, desde el principio de los tiempos, arrojar explicaciones sobre las aflicciones del ser humano? Y dado que semejante carácter funcional no puede cuestionarse (como ejercicio comunicativo, la literatura precisa un trasfondo de intereses comunes entre el autor y sus lectores), el problema del aluvión de publicaciones sobre la crisis no se halla en su aspecto cuantitativo, sino cualitativo. Por mi parte, no tengo inconveniente en que todo el mundo quiera decir algo sobre la crisis. Al contrario: no es posible concebir otras tribulaciones de interés general o personal. Con todo, lo verdaderamente importante es que su literatura se extralimite a las competencias de los medios de comunicación, y arroje una luz nueva sobre lo que todo el mundo ya sabe.

Publicada originalmente en 1905, La jungla, de Upton Sinclair, es para mí la mejor novela que hasta el momento se ha escrito sobre nuestra crisis, y lo es porque recoge la práctica totalidad de las inquietudes que sobrevuelan a la sociedad española de 2012: la propaganda liberal y las consecuencias de la libertad en la economía y la sociedad, la inmigración, las relaciones de poder entre las oligarquías y la clase trabajadora, la penosa situación laboral de la clase trabajadora, de las mujeres y de los inmigrantes, y todo lo demás. El problema de La jungla es que la historia ha arrinconado una novela extraordinaria bajo el membrete de «realismo socialista». Es decir, la historia de la literatura ha hecho prevalecer el estilo literario empleado por Sinclair (el absurdamente llamado realismo decimonónico), antes que sus contenidos. Y es en este punto donde aparece el lastre de la historiografía literaria del siglo pasado que se ha resistido a desaparecer hasta nuestros días. Es decir, la confusión de la historia de la literatura con la historia de las formas de contar historias, o con la historia de la narrativa, al que aludí hace un par de años en una conferencia titulada «Yo soy yo y mis influencias».

Exagerando un poco las cosas, esa historiografía es la que ha situado al Ulises de Joyce en uno de los centros del siglo XX, novela que, si me lo permiten, se sigue leyendo por cuestiones formales o conceptuales antes que por el extraordinario interés que pueda despertar el Dublín de la época. Nuevamente, interrogantes narrativos y formales prevalecen sobre los temas. De no ser así, Sinclair habría desbancado a Joyce. O al menos así sería si ambas novelas se leyesen en paralelo a la historia del capitalismo y sus desatinos.

Mismamente, si repasamos rápidamente los acontecimientos históricos de la literatura española en lo que va de siglo XXI, advertimos que el último debate mínimamente atractivo se desencadenó durante varios años con el reconocimiento de lo que Nuria Azancot bautizó y popularizó como Generación Nocilla, que curiosamente se desplegó en todos los periódicos un año antes del pistoletazo de salida oficial del crash. Desde entonces, el debate en nuestro país se anquilosó en una pobrísimo escenario que cruelmente puede llegar a recordar al mismo entorno político ineficiente que nos ha traído hasta aquí. Es decir, un marco bipartidista entre la presunta vanguardia y los defensores de las viejas formas, que, gracias al cielo, ahora empieza a resquebrajarse de manera consensuada y pacífica. Como así había de ser. Pues la literatura, por mucho que nos esforcemos en adelantarla a su tiempo, siempre irá a rastras de él.

Una prueba de lo anterior es que autores estilísticamente tan dispares como Isaac Rosa (La mano invisible), Alberto Olmos (Ejército enemigo), Juan Francisco Ferré (Karnaval) y Pablo Gutiérrez (Democracia), e incluso el último Javier Calvo (El jardín colgante), estén merodeando sobre cuestiones muy parecidas. Como es natural, ante tal escenario deja de tener sentido el marco bipartidista de los últimos años, y nuevos modelos de lectura se vuelven necesarios. Muy cejijunto ha de ser el crítico que siga pensando en términos de experimentación y vanguardia ante tales coincidencias. Los contenidos ha vuelto a prevalecer, y la experimentación se halla ahora en los temas, y en las herramientas y disciplinas a partir de las cuales el autor compone sus ficciones. En cuanto a los criterios de evaluación, la habilidad de las novelas para penetrar en el conflicto con mayor hondura que los discursos masivos será decisiva a la hora de obtener el laurel de la gran novela de la crisis. La suerte está echada.

Ahora vayan preparándose para cinco largos años de novelas sobre la crisis. Como poco.

El eslabón perdido de la crítica

Nada nos humaniza tanto como la aporía, ese estado de intensa perplejidad en el que nos encontramos cuando nuestras certezas se hacen añicos; cuando, de repente, quedamos atrapados en un punto muerto, sin poder explicar lo que ven nuestros ojos, lo que tocan nuestros dedos, lo que oyen nuestros oídos. En esos raros momentos, mientras nuestra razón se esfuerza con valentía para comprender lo que registran nuestros sentidos, nuestra aporía nos humilla y prepara a la mente bien dispuesta para verdades antes insoportables. Y cuando la aporía despliega su red para prender a toda la humanidad, sabemos que estamos en un momento muy especial de la historia. Septiembre de 2008 fue uno de esos momentos.

Yannis Varoufakis, El minotauro global

2008 no sólo fue un año de aporía económica, sino también intelectual. En adelante, las hasta entonces frecuentes discusiones de la crítica cultural entre los herederos de la posmodernidad —con su armadura de conocimientos derivados de la teoría literaria, del postfeminismo, de la semiótica, de los progresos tecnológicos, de los estudios culturales…— y la vieja guardia elitista quedaron niveladas, incapaces de explicar lo que estaba sucediendo, de tal suerte que un intercambio entre críticos tan dispares como pueden ser Gilles Lipovetsky y Mario Vargas Llosa empezó a parecerse a una siniestra carrera de dinosaurios por la supervivencia, en donde cualquier espectador avezado comprendía que ninguno de los dos iba a pasar a la siguiente etapa. SaveFrom.net Y si como bien dijo Jonathan Swift, «es la sabia elección del tema lo único que distingue al escritor», entonces no pocos críticos se encontraron desarmados, sin las adecuadas herramientas para la crítica con que comprender lo que siguió a esa aporía de 2008. Curiosamente, los dos últimos libros de Eloy Fernández Porta, €®0$ y Emociónese así, se despliegan como una digna correa de transmisión entre el abismo conceptual de esos dos mundos. O por decirlo de otro modo, el hecho de que su punto de partida se encuentre en la economía de las relaciones humanas y el análisis del discurso publicitario le sitúa en una privilegiada atalaya, desde la cual divisar las aflicciones anteriores y posteriores a la aporía, desde la liquidez afectiva a la ausencia de liquidez global.

Actualmente podemos afirmar que la responsabilidad de ese colapso se repartió entre una irresponsable oligarquía política y económica de puertas giratorias, y una masa obtusa que de buena gana se prestó a participar en aquel endemoniado proceso de financiaración. Ahora bien, ¿era realmente tan obtusa esa masa? Lo cierto es que no; lo cierto es que detrás de aquella yuxtaposición de mitos consumistas y de clase había un poderoso ejército de avispados download mp3 songs publicitarios y propagandistas, ocupados en el servicio de mensajería entre los gestores de las burbujas y las cancerosas esperanzas de prosperidad ilimitada de sus ciudadanos. Y es precisamente ese complejo publicitario la materia que ordena el último libro de EFP. Mas aún, si con anterioridad aprobábamos el análisis de Owen Jones alrededor del discurso de clase política que llevó a la ruina al mundo occidental, EFP hace lo suyo con los mensajes corporativos, partiendo de una base inexcusable.

Que es que el publicitario es mucho más astuto de lo que tú te piensas.

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«El spot contiene un elogio velado de un tipo de consumidor muy impopular: el parvenu desclasado que, con tal de presumir de buga, es capaz de vaciar la cuenta para la universidad de su hija. ¡Ah, los ascetas! ¡Siempre incomprendidos por la plebe!» (Emociónese así)

«Yo no soy tonto. Pero.»

No es improbable que la mayoría de publicitarios no demuestren un gran interés personal en aquello que intentan calzarnos. Entonces, ¿significa esto que los publicitarios, como diría un Beigbeder, son un gremio de inescrupulosos cínicos? Nada más lejos de la realidad. El cometido de la publicidad es ayudar al ciudadano a saber lo que desea. Pero es que además el consumidor es muy consciente de que la marca que lo apela persigue su dinero, y por eso es por lo que la única manera de obtener una publicidad efectiva se produce recurriendo a argumentos ante los cuales es imposible oponer resistencia. Y eso exige una elocuente pericia.

En esa exposición de lógica implacable podemos encontrar ejemplos como aquél que EFP refiere como «el nivel 0 del elogio (“yo no soy tonto”)», ese otro de Audi con el tema de Nina Simone Ain’t Got No como banda sonora («El estilo sublime del anuncio suscita una lectura perversa: para pagar un Audi es preciso renunciar a todo lo demás; incluso a lo más necesario»), pasando por una valla de moteles (cuyo subtexto sería: «Déjate de hipotecas y vente al motel a pasar un Buen Rato®»), y George Clooney siendo rechazado y reducido a camarero ante el consumidor (con subtexto: «¡Mozo, más café!»), hasta la propuesta de complejos productos financieros expuestos con el lema «hasta un niño podría hacerlo»; un mensaje que de un lado —asegura el autor— es comparable al jugador de baloncesto que, «encaramado a una escalera y con la altura de la cabeza, levanta el brazo y ejecuta un mate banal», y que por otro evoca «el mito del hombre de acción que añora la vida retirada en su hogar». Apenas ninguno de estos casos permiten al usuario la posibilidad de negarse a la oferta. La retórica empleada es del todo contundente.

Cierto es que aquellos lectores que ya conozcan €®0$ se encontrarán familiarizados con numerosos pasajes del libro (las apostillas a la sensología de Mario Perniola o a la literatura de Eva Illouz, las críticas a Zygmunt Bauman y su percepción de la vida líquida, la sempiterna disyuntiva alrededor de quiénes tienen más relaciones afectivas, si los solteros o los casados; la discusión sobre la economía de las relaciones entre Becker y Bourdieu…), y que las disertaciones acerca de la construcción mediática de los sentimientos estaban ya resueltas en su anterior ensayo. Con todo, el análisis del discurso de EFP en este libro es del todo necesario para comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Y parte de la respuesta se encuentra en esas medias verdades de la publicidad.

Así es.

Tú no eres tonto. Pero el capitalismo es mucho más listo que tú.

Chavs: la globalización de lo “choni” visto por la socialdemocracia, o de cómo el liberalismo pasó a ser el culto de de los… ¡pobres!

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“¡Yo me meto todaaaaaa!”: la conciencia de clase según el chav

I.

Hace unas semanas, Victor Lenore malhumoró a ciertos consumidores culturales con unas declaraciones incendiarias, en una entrevista concedida a propósito de su contribución al libro CT o la Cultura de la Transición. “Hay una tribu, la de los gafapastas, que impone los criterios culturales”, era el lapidario titular de aquel artículo, en donde Lenore hilaba una fina teoría sobre la antropología de la prensa de tendencias, para así aniquilar el elitismo de sus hacedores. Naturalmente, que su canon de la música popular española viniese encabezado por Camela lo entregaba a una ejecución inminente. Aun así, lo más llamativo de todo es que sus planteamientos engranan estupendamente con los textos del gran cool-hunter de nuestra crítica cultural y teórico del afterpop, Eloy Fernández Porta:

Lo que yo creo es que las jerarquías siguen existiendo, que cada cual tiene que elaborar sus propios valores con toda su responsabilidad, a favor o en contra de estas diferencias jerárquicas, y que resolver el problema no está en simular que no existe algo que sí existe. No hay más que ver cuáles son las referencias culturales que uno utiliza cuando está ligando, cuando estás con una tía que te gusta. ¿Cómo haces tu autorretrato? Como consumidor de música, de arte, de literatura… ahí se comprueba si han desaparecido las jerarquías culturales, porque el autorretrato que uno se hace es una explicación pública que confirma su existencia.”

(EFP, en “La cultura de masas en el S. XXI: Manual de instrucciones. José Luis Pardo y Eloy Fernández Porta en conversación.”, por Roberto Valencia, Quimera, julio de 2010)

Ok. La cultura de masas sigue siendo tan elitista como en los tiempos de la Escuela de Frankfurt, y las jerarquías nunca llegaron a desaparecer. Sin embargo, la denuncia por la cual los —digámoslo así— “medios oficiales” escamotean a su audiencia aquellos productos culturales verdaderamente populares lleva en sus adentros un marchamo de clasismo igualmente incorregible. Pues a fin de cuentas, ¿quieren de verdad los oyentes de Camela verse reflejados en la escaleta de Radio 3? ¿Y no será posible que la falta de entendimiento entre el asistente al Sónar, y el entregado oyente en ferias de verano de Kiko Rivera DJ, sea bidireccional? ¿Le importan acaso al segundo las (a su juicio) veleidades que puedan enunciar Mondo Sonoro o Jenesaispop? Es más, ¿y si más allá de las menesterosas disquisiciones culturales, todo fuese un plan astutamente elaborado por el virus de la socialdemocracia, del nuevo laborismo británico y de la revolución conservadora, y que en verdad tales malentendidos viniesen gestándose desde hace más de medio siglo? Probablemente eso mismo es lo que defendería el flamante ensayista Owen Jones (Reino Unido, 1984) en su ensayo Chavs, La demonización de la clase obrera, que a finales de mes verá la luz en España de la mano de Capitán Swing.

Kiko Rivera DJ, La demonización de la clase obrera #chavpride

 II.

“Toda persona de clase media tiene un prejuicio 
de clase latente que se despierta con cualquier cosa… La idea de que la clase trabajadora ha sido absurdamente mimada y completamente desmoralizada por subsidios, pensiones, educación gratuita, etc. [...] aún goza de gran predicamento; únicamente se 
ha visto algo sacudida, tal vez, por el reciente reconocimiento de que el desempleo existe.”

George Orwell, El camino a Wigan Pier, citado por Owen Jones en Chavs

III.

Chavs se despliega como un extraordinario análisis del discurso en donde Jones explica la cronología de la demonización de la clase obrera, hasta desembocar en la comprensión del ‘Chav’ —lo que en España viene siendo un “choni”, un “pokero”, o un “kani”, según coordenadas— como el monstruo de cuya acera hay que cambiarse, y lo hace consciente de que:

“Todos somos prisioneros de nuestra clase, pero eso no significa que tengamos que ser prisioneros de nuestros prejuicios de clase. Asimismo, [Chavs] no trata de idolatrar o glorificar a la clase trabajadora. Lo que propone es mostrar algunas realidades de la mayoría de la clase trabajadora que se han ocultado en favor de la caricatura chav.”

La sordidez de los ejemplos expuestos por Jones para demostrar esa demonización llega a ser inverosímil. Por citar quizá el más asombroso, la cadena de gimnasios GymBox llegó a anunciar una nueva modalidad de sus programas de entrenamiento: la lucha Chav. «No des a los gruñones y malhumorados chavs una ASBO [orden de arresto por comportamiento antisocial]; dales una patada», era su eslogan.

Jones acusa hábilmente al gobierno de Tony Blair como continuador fatal de las políticas thatcheristas, en su voluntad por desmantelar y desprestigiar a la clase trabajadora, escorándose en lemas del tipo “todos somos clase media”, y defendiendo la meritocracia como aquel sistema de los justos que, al fin, se había impuesto sobre Gran Bretaña. Todo falso, claro.

Robert H. Frank, profesor de economía, publicaba el pasado mes de agosto en las páginas del NYT un artículo cuyo elocuente titular era: “Suerte vs. destrezas: en búsqueda del secreto del éxito”. Precisamente, su objetivo no era otro que desmantelar las falacias de la meritocracia:

“Siempre supimos que era bueno ser astutos y trabajar duro, y que si nacías o crecías con aquellas destrezas, serías increíblemente afortunado, e igual daba que nacieras en Estados Unidos o Somalia. Pero las investigaciones de los sociólogos nos ayudan a comprender por qué mucha gente diestra nunca encuentra su éxito en el mercado. Los elementos azarosos en los flujos de información que promueven el éxito a veces son los factores más relevantes”.

Es por eso por lo que tal vez el pasaje más revelador del libro de Jones venga con el retrato familiar de Margaret Thatcher, y el mito de sus orígenes humildes: “su padre le había inculcado un profundo compromiso hacia lo que podría llamarse valores de la pequeña clase media: enriquecimiento e iniciativa personales, y una instintiva hostilidad ante la acción colectiva.”

¿Hemos leído bien? ¿Acaba de decir que los valores de las pequeñas clases medias son los que asociamos a las oligarquías falsamente liberales? ¿Y cómo hemos llegado hasta ahí?

Ahí reside el dato más escalofriante de Chavs. Cuando el ensayista habla de clases trabajadoras, no asocia a éstas con una cultura de clase obrera, sino que la categoría viene dada por sus niveles de renta y condiciones laborales. También es cierto que Jones es consciente de que el malentendido entre las presuntas clases medias y las clases trabajadoras es bidireccional, y que seguramente el chav se muestra orgulloso de su amenaza. Y ello a pesar de que no hay ninguna conciencia de clase en el chav, y quizá mejor sería referirse a él como lumpen, pues a lo que aspira no es a combatir a la patronal, no es a una política más justa; el chav aspira a rematar su cráneo con una gorra Burberry, y quizá incluso a reproducir la fantasía del estilo de vida consumista y ocioso. Por tanto, si la pequeña clase media cree en los valores liberales (mientras los auténticos barones saben que mejor partido sacarán en un sistema de puertas giratorias entre la empresa ¿libre? y el estado), y las clases bajas han perdido su conciencia de clase, la pregunta es rotunda. ¿Cómo y por qué se jodió la clase obrera?

IV.

“El gran catalizador para las modificaciones de Thatcher en la legislación laboral fue el paro», dice el exlíder laborista Neil Kinnock. «Algunos estúpidos burgueses, como los que escriben en los periódicos, dicen que cuatro millones de parados suponen una mano de obra enérgica y enfadada. No es cierto. Suponen al menos otros cuatro millones de personas muy asustadas. Y la gente amenazada con el paro no compromete su empleo emprendiendo diversas acciones de militancia sindical, simplemente no lo hace.”

Owen Jones, Chavs,

V.

Uno de los grandes interrogantes políticos de nuestro tiempo tiene que ver con las últimas elecciones generales en España. ¿Cómo es posible que casi once millones de personas regalasen su voto al equipo de Rajoy? Además del evidente voto de castigo, la campaña del PP y la de sus cabeceras democristianas venía espoleada por el mismo elogio a la meritocracia que denuncia Jones. Apoyo a emprendedores, heroísmo del pequeño empresario, facilidades al empleado por cuenta propia, reducción de impuestos… Todas esas promesas que el ensayista británico asociaba con los valores de las pequeñas clases medias, y que luego desaparecieron en una bomba de humo, con la excusa de siempre: ¡Ah, Europa! ¡Se siente!

No cabe duda de que en todo el mundo, el infausto retrato de Owen Jones es una realidad. Walmart llama a sus precarios trabajadores… ¡asociados! (Yanis Varoufakis, El minotauro global). Las empresas se libran de las cargas vinculadas al mantenimiento de sus plantillas, y ante sus nuevos empleados se hacen pasar bajo el membrete de… clientes. E incluso en 2012, la prensa de tendencias sigue bailándole el agua a Richard Florida, y acuña el ridículo concepto de… ¡yukkies! (Young Urban Kreative International). Nadie habla ya de clase trabajadora. La propaganda se ha ocupado de enterrar a la clase obrera en la caja fuerte de la historia. 

Por supuesto, el origen de la fantasía de que “todos somos clase media” hallaría su núcleo verdadero en el “estímulo de la demanda agregada sin el aumento de los salarios reales” mediante el crédito fácil, “lo que destruyó así las tasas de afiliación sindical y la conciencia de clase” (Antoni Domènech). Con la burbuja del crédito, la clase obrera creyó ser cosa del pasado. Y no. 

Por tanto, ahora que podemos aceptar sin reproches aquello que Tony Blair y sus herederos quisieron omitirnos, esto es que todos somos clase trabajadora, y que nunca dejamos de serlo, tal vez sea hora de volver a los orígenes. Con música choni o gafapasta en nuestros iPods; para el caso, tanto da.

Hablemos de becarios (en respuesta a Ignacio Echevarría)

El trabajador analfabeto podía caminar millas para escuchar a un orador radical, igual que el mismo hombre —u otro— podía andar para no perderse un sermón. En momentos de agitación política los analfabetos harían que sus compañeros de trabajo les leyesen en voz alta los periódicos; mientras que en los locales de reunión se leía el diario y en las reuniones políticas se dedicaba mucho tiempo a leer discursos y a aprobar largas retahílas de resoluciones. El radical apasionado podía incluso atribuir una virtud talismánica a ciertas obras predilectas que atesoraba, aunque no siempre pudiera leer por sí mismo. Un zapatero de Cheltenham que acudía puntualmente cada lunes a casa de W.E. Adams para que le leyese la «carta de Feargus», era sin embargo el orgulloso poseedor de varios de los libros de Cobbett, que tenía guardados cuidadosamente en una caja forrada de piel.

E.P. Thompson, ‘La formación de la clase obrera en Inglaterra’

El 21 de septiembre Ignacio Echevarría publicaba en El Cultural un artículo alrededor de la situación de los becarios estudiantes de humanidades, en donde se lamentaba del injusto trato que reciben en su entorno profesional, y de la opresión por parte de empresas y universidades. Lo primero que pensé al leerlo es que su actitud engrana con cierto arquetipo de queja contemporánea que, volviendo con Haaf, omite analizar la responsabilidad del conjunto de eslabones que involucran a cualquier conflicto social —uno de los asuntos, por lo demás, más recurridos en este blog—. Por citar un par de ejemplos fácilmente reconocibles: una gran parte de nuestros problemas democráticos encuentran su origen en millones y millones de votantes bipartidistas; y si la conciencia de clase trabajadora despareció, limitando así su poder de presión, en parte esto se debe a su aceptación del lema liberal-laboralista “todos somos clase media”, participando de tal suerte en el proceso de financiarización que nos ha guiado a esta crisis. El caso es que, luego de manifestar mi desacuerdo en privado con el conjunto de informaciones que IE omitía, en su última columna el crítico alude a un estado de Facebook para sugerir que yo discrepo “de la denuncia de un sistema de explotación laboral que abusa de la ignorancia, la buena fe, la candidez, acaso, o simplemente la bobería de unos estudiares ingenuamente fiados de la Universidad a la que se han matriculado. Allá estos si, tras apuntarse a unas prácticas laborales decepcionantes, no aciertan a reaccionar a tiempo ante una situación de hecho, inhibidos tal vez por la timidez, la inseguridad, la presión de los padres y del entorno, o la ansiedad por asomarse al mundo laboral”. No, hombre. No. Faltaría más. 

¿Cuáles son las opciones que puede barajar un estudiante de humanidades que quiere trabajar? La primera, y tal vez la más deseable, pasa por trabajar por cuenta propia, recurriendo a sus propios fondos o solicitando crédito (siendo hoy el presuntamente esperanzador crowdfunding, una herramienta absolutamente librecambista —el proyecto sale sólo si existe una demanda—, el mejor sustituto de entidades de crédito y subsidios), construyendo su propio sello, y arriesgándose, como cualquier emprendedor, a perder dinero o a ganar muy poco en los comienzos.

Dado que esta opción parece complicada, puesto que exige un mínimo de conocimiento de su entorno laboral, la segunda opción, y más popular, pasa por trabajar para otros, e iniciar una carrera profesional en alguna empresa consolidada, y nutrirse de los conocimientos del entorno. En ese sentido sería un error apuntar al conjunto de corporaciones como partícipes de un oscuro sistema de explotación esclavista. O al menos en mi caso, y durante el tiempo en el que pasé en la facultad de periodismo, sí puedo afirmar que mi mayor aprendizaje se gestó en la redacción del desaparecido Público —una cabecera de horrendos gestores y extraordinarios profesionales—, atento a lo que hicieran periodistas mucho más experimentados que yo. ¿Resulta entonces rentable iniciarse como aprendiz en un oficio sin gran experiencia por un salario simbólico? Desde luego, no es nada disparatado, si bien Echevarría comprende todas las tareas que realizan todos los becarios como “embrutecedoras”. Yendo un paso más allá, es razonable creer que ninguna empresa estará dispuesta a dejar marchar a empleados eficientes, cuando estos están en posesión de conocimientos, habilidades y secretos de los que la competencia podría hacer un buen uso.

Otra cosa es la batería de ofertas de prácticas que pocas destrezas aportan al estudiante, o las sempiternas renovaciones de contratos de prácticas cuando el aprendiz ya es un profesional, y es ahí, justamente, donde debe hacer uso de su posibilidad de elección, y negarse a que la calidad de las becas continúe deteriorándose. Naturalmente, si existe una masa de estudiantes atemorizados y deprimidos que aceptaría sin rechistar cualquier trabajo indigno, entonces también es responsabilidad de tal comunidad el empobrecimiento de su futuro.

Pero lo más llamativo de todo esto es la defensa del libro de Meredith Haaf (del que ya hablamos aquí con anterioridad) que firma Echevarría, al apoyar su carácter de autocrítica, que desde luego yo también suscribo. Si es de la opinión de que los estudiantes tienen que dejar de lloriquear, ¿a qué tanta compasión y defensa del becariado en su primer artículo?, ¿y por qué no los convocó, y hubiese hecho bien en estos tiempos de estética vintage, a retomar algo que todo el mundo daba ya por obsoleto, como es la lucha sindical y la creencia en los valores de clase y de partido? Eso, y no su voluntariosa solidaridad biempensante, hubiese estado mucho mejor.

Los hijos de Saturno devorándose entre sí

Tristemente, mucha gente en América sigue confiando en que el gobierno va a solucionar sus problemas, o que las grandes empresas espolearán la economía de un modo tal que volvamos a la normalidad. Lo que solíamos definir como normalidad… ya pasó. Hace mucho. Y realmente me preocupan todos aquellos que siguen creyendo que puede suceder. Hoy, la historia está siendo escrita, y todos estamos aprendiendo, gracias a innovadores contemporáneos que han redefinido apropiadamente el nuevo Sueño Americano (Steve Jobs, Bill Gates, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Howard Schultz y Richard Branson).

Glenn Llopis, “¿Por qué mucha gente no conseguirá el Sueño Americano?”, Forbes

Jurgis hablaba del trabajo a la ligera, porque era joven. Cuando le contaban historias sobre cómo se destruía a los obreros en los mataderos de Chicago y lo que les sucedía después—historias que ponían los pelos de punta—, Jurgis se reía de todo ello. Sólo llevaba cuatro meses en la ciudad; era joven, fuerte como un coloso, rebosaba de salud. La idea de la derrota era para él inimaginable.

—Todo eso está muy bien para hombres como vosotros, que sois silpnas, alfeñiques—decía—, pero mis espaldas son fuertes.

Upton Sinclair, La Jungla

Existen en España dos corrientes dominantes para comprender la crisis desde que el gobierno del PP se alzó con el poder. De un lado, la prensa de izquierda y los remanentes de la socialdemocracia se afanan en subrayar lo que ya sabemos, es decir, que la cosa está muy mal[i]. En cuanto a las cabeceras democristianas, su aspiración mayor pasa por reinventar el periodismo gonzo desde la derecha, y para lo que nos ocupa, ni como literatura ni como prensa valen nada. O bien porque no hay futuro para nosotros, o porque nuestro destino está en manos de políticos eficientes, la llamada a la acción liberal brilla por su ausencia. Y a fin de cuentas éste parece ser el horizonte más esperanzador a corto plazo. Ante un futuro en el cual ni los gobiernos ni las grandes empresas auxiliarán a la ciudadanía, la única tabla de salvación pasa por dejar de lloriquear, y ponerse manos a la obra. Aparentemente, éstas podrían ser las exóticas coordenadas desde las que Meredith Haaf (Múnich, 1983) se sitúa, aregándonos con su osado lema “¡Dejad de lloriquead!”. Sin embargo, esto no es del todo cierto.

Ciertamente, la voluntad autocrítica de Haaf es digna de elogio; en su tentativa de diagnosticar los rasgos de la generación que se ha estampado de bruces contra esta crisis, Haaf llega más lejos que buena parte de los intelectuales críticos, pues no se conforma con demonizar a políticos y banqueros, sino que busca responsables en todos los eslabones de la sociedad. Con todo, su ensayo Dejad de lloriquear hace aguas por todos sitios, debido tanto a la incoherencia de sus presupuestos ideológicos, que nunca terminan de fraguar en proposiciones firmes, como a las desajustadas lentes que ha elegido para mirar a sus contemporáneos; la gravedad de su miopía histórica, a su vez, hace que la penitencia que asigna a uno de los grupos sociales más afectados por la orgía económica iniciada por unos cuantos baby boomers resulte disparatada. Un insulto deshonesto a sus contemporáneos occidentales.  

Haaf se queja de la despolitización de nuestra generación, bien entrada en esos dos fundamentos enunciados por Margaret Thatcher (“No hay alternativa” y “La sociedad no existe; sólo hay individuos y familias”), sin hacer ningún hincapié en el hecho de que la desarticulación de la sociedad civil fue un proceso iniciado por las propias clases trabajadoras cuando éstas empezaban a disfrutar del crédito fácil; algo que no es ni mucho menos un rasgo de exclusividad generacional, sino una herencia cultural envenenada.

Precisamente, el narcisismo con que describe a nuestra generación —por ejemplo, al hilo del uso de las redes sociales[ii]—, es el mismo del que ella adolece como ensayista. Haaf se afana en asignar una serie de rasgos distintivos de nuestra generación, pero en verdad no son sino los mismos problemas —que ella, con ese estoicismo del que tanto le gusta hacer gala, refiere como superfluos— que hace una, dos o tres décadas llenaron las páginas de los más sonados críticos de la postmodernidad. Basta echar un ojo a cualquier ensayo de Lipovetsky, Jameson o Bell para advertir que ninguna de las presuntas tendencias sociales que despliega como novedosas es tal[iii]. Todo un capítulo aparte merecería su equivocado diagnóstico de lo que ella llama “pragmatismo”, en donde, de un modo ahora escandalosamente populista y banal, despacha de un plumazo toda la tradición que va de Jeremy Bentham a Gary Becker y Ayn Rand.

La dureza con que Haaf reprende a sus contemporáneos está justificada en contadas ocasiones, por ejemplo, al enfatizar su facción liberal y criticar la inacción laboral de todos esos estudiantes autosatisfechos en sempiternos convenios de prácticas; argumentos que pueden disgustar en mayor o menor medida por su impopularidad, pero que al menos se forjan sobre principios coherentes. Otro cantar merece si la ensayista discurre sobre el compromiso político:

La alienación política de mi generación no puede, sin embargo, ser atribuida simplemente al confuso disgusto ante la realidad de una generación de espectadores. Sin duda lo es, pero también es la frustración absoluta y el aburrimiento frente al negocio político. Por ejemplo, ¿qué aporta el antaño prometedor proyecto de la Unión Europea en la actualidad, salvo paquetes económicos de rescate, crisis monetaria, desregulación de los mercados laborales y una política de asilo horrible? ¿Por qué un joven europeo debe identificarse hoy en día con esta institución? Por supuesto que hay un montón de razones para defender en principio la Unión Europea; razones que van más allá de su generosidad y del euro. Sin embargo, hace mucho tiempo que la Unión Europea ya no es un proyecto con el que los jóvenes puedan sentirse complacidos incondicionalmente, ya que sus instituciones no se utilizan correctamente para que eso suceda.

Tal vaguedad bien podría ser articulada por un federalista, por un euroescéptico o por alguien que desde los países del Norte denuncia la corrupción mediterránea. Afortunadamente, Haaf parece darse cuenta de que ella misma carece de aquellas alternativas políticas que pide enarbolar a los jóvenes, y páginas después precisa que la actual clase política no es fiable, ni leal a sus presupuestos: “¿Por qué ciudadanos jóvenes y enajenados deberían ser coherentes con una cierta línea política si ni siquiera los profesionales lo hacen?” Y hasta la propia Haaf, que todo el tiempo se queja del conformismo de sus coetáneos, se conforma con suplir su ausencia de programa político con ripios de autoayuda: “El primer paso en esa dirección sólo puede consistir en ejercer la crítica y ofrecer resistencia, no importa de qué forma (…) No lloriquear más sobre el hecho de que nunca podremos alcanzar el estatus de nuestros padres, y, en lugar de eso, deshacernos por completo de la idea de estatus”.

Más allá, Haaf toca fondo cuando incurre en un argumento que hasta en España dábamos por olvidado, aquel divulgado por la insana clase política que denuncia nuestra inclinación a “vivir por encima de nuestras posibilidades”.

Esta problemática se ve agravada por los niveles de consumo de mi generación. Una vez llamé desesperada a mi madre y le conté que, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, mi cuenta bancaria estaba en números rojos. “No lo entiendo, si hace una eternidad que no me compro nada; este año, ni siquiera sandalias nuevas”, me quejé. Llena de comprensión y delicadeza, mi madre me preguntó: “No lo tomes como un reproche, pero, ¿has pensado alguna vez en cuánto dinero te gastas en bares y cafés?”. No, no lo había hecho, pero al reparar en ello descubrí que apenas había un día en que no tuviera una cita fuera de casa por la tarde o por la noche, y a veces incluso en ambas ocasiones.

Pobre Haaf. Ya hay que tener mala suerte para desembarcar en España con tales argumentos, un mes después de que nuestro gobierno continúe con su política de estrangular a funcionarios, pequeños empresarios y consumidores con la misma impunidad, mediante unos reglamentos impositivos irracionales. Haaf podía haber enderezado su discurso aludiendo a la necesidad de un consumo inteligente y responsable, desplegado a lo largo de distintas industrias (por ejemplo, la madre de Haaf habría hecho bien en aconsejarle que invirtiese en la industria editorial, en la que la propia Meredith opera, y no en restauración). El viejo argumento anticonsumista es falaz por la sencilla razón de que omite el hecho de que en una economía de consumo, los ciudadanos producen, además de consumir. De la izquierda radical al neoliberalismo, todo el mundo sabe que suspender el gasto y el consumo no es la solución a nuestros problemas. Todo el mundo, claro, menos Haaf.

Afirma la autora que “la emoción preferida de mi generación puede resumirse en una frase completamente bienhumorada, que dice así: ‘I like!”.

Francamente, presiento estar muy en desacuerdo.

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I keep asking myself what am I doing wrong
And they just look at me and tell me keep it movin’ on


[i] V.br., “Stiglitz advierte de que pedir el rescate podría ser un suicidio para España”, “El Gobierno solo presupuesta hasta febrero la ayuda a los parados de larga duración”, “La juez acusa de delito contra el Estado a los detenidos del 25-S”… Y así todo el rato.

[ii] Su improcedente elitismo acerca del uso de las redes sociales recuerda a lo peor de Lanier. Haaf se queja de la vacuidad de las conversaciones en la red, no sé si sugiriendo que en otros medios o en la vida real sí existe un pirotécnico despliegue de ricas conversaciones intelectuales; asimismo, Haaf nos trae a la memoria todas esas voces cascarrabias que protestan ante el superávit de teléfonos inteligentes en las movilizaciones sociales, tratándolos como algo que no son —objetos de lujo—, y pasando por alto la importancia que han tenido en las revueltas de 2011.

[iii] ”— Miedo a perderse algo, miedo de perder algo.


— Miedo a haber estudiado una carrera equivocada, miedo de abandonar los estudios. Miedo a la vida después de los estudios universitarios, miedo a llevar la vida de los estudiantes que tardan demasiado en terminar la carrera.


— Miedo a haberse arruinado la vida por no haber termina­ do el instituto, miedo de que hubiese sido mejor aprender algo más tangible.


— Miedo a ser becario toda la vida, miedo de que la beca que uno está haciendo no lleve a nada más.


— Miedo de acabar en el empleo equivocado, miedo a no encontrar trabajo. La interminable espiral de las dudas sobre uno mismo

—  Miedo al jefe, miedo a ser alguien que le tiene miedo al jefe.

—  Miedo a hablar demasiado, miedo a decir muy poco.

—  Miedo a dar una impresión negativa, miedo a no dar ninguna impresión.

—  Miedo al próximo puesto de trabajo, de nuevo temporal, 
miedo a no tener siquiera puesto de trabajo. Miedo de tener demasiado trabajo, miedo de no tener nada de trabajo.” 

Etcétera.

La guerra de la información en época de tablets

Probablemente, el primer paso hacia el éxito en la comunicación pase por reconocer la importancia de personalizar el mensaje.

Kim Dotcom —aun haciendo las cosas a la española, es decir con una idea que dolosamente interfería en los negocios de los demás— demostró con Megaupload que los usuarios estaban dispuestos a desembolsar su dinero por contenidos digitales, intelectuales y creativos, aunque fuese a costa de hacer prevalecer el canal sobre el contenido. Con el tiempo, emprendedores como Daniel Ek —curiosamente, después de haber pasado por µTorrent— optimizarían el vacío de mercado con ideas como Spotify, mientras Jeff Bezos hacía lo suyo después de desarrollar su propio lector de libros electrónicos en Amazon. En ambos casos, el desenlace no admitía ambages: los ciudadanos iban a pagar por productos culturales inmateriales, siempre y cuando el formato se atemperase al medio, y optimizase al máximo las posibilidades en las redes (la radio o la búsqueda de artistas relacionados en el caso de Spotify, o los subrayados y la comunidad de afiliados en Amazon). Ahora bien, ¿qué está pasando con los medios de comunicación?

En el caso de las publicaciones impresas, la tendencia es rotunda: se acabó la información para las clases medias, pues la única manera de obtener ingresos durante la crisis consiste en apelar a quienes logran sobrevivir a ella. Recientemente, Adweek informaba de los éxitos del grupo Condé Nast¡en Italia!, mediante la edición, eso sí, de cabeceras como Vanity Fair, mientras The New York Times Company, según el blog “Estrategia Digital” de El País, “prefiere abandonar la guerra del volumen de audiencia por mejorar la rentabilidad de esta”. En España, no hay mejor ejemplo para ilustrar estos movimientos que la ejecución del mítico EP3, seguido como Tentaciones en la red, pero sustituido por SModa como publicación impresa; una operación de la que ahora se cumple su primer aniversario.

Medios de calidad, en efecto, ¿pero por cuál pagar?

Con la popularización de las tabletas y los teléfonos inteligentes, todas las cabeceras anglosajonas de primer orden han reconocido las enseñanzas de Dotcom, huyendo del perezoso volcado de sus .pdf —acción que tristemente sigue vigente en ciertos medios nacionales—, y reajustándose a lo que debe ser el periodismo en nuestro tiempo. Esto significa diseñar apps que mejoren la navegación respecto a las webs, y la reafirmación del periodismo multimedia sobre el periodismo escrito, enriqueciendo los contenidos con videos, infografías interactivas o imágenes de máxima resolución[1]. Naturalmente, los editores de información saben bien que los usuarios difícilmente estarán dispuestos a comprar publicaciones en ediciones que no engranen con el medio.

Todas las cabeceras saben que su éxito comienza construyendo una identidad poderosa que pueda cobijar a una comunidad amplia de lectores (he aquí un ejemplo de distintos lemas eficientes en el mundo de la comunicación que han servido para fortalecer esas identidades). Con todo, si existe un rival firme a esos contenidos de pago, sin duda se encuentran en los agregadores de noticias, con Flipboard y Zite a la cabeza.

Zite, "Tu revista personalizada"

Anunciada como “Your Social Magazine”, el éxito de Flipboard se basa en explotar un comportamiento en el consumo de información que empezó a surgir con las redes sociales, cuando en lugar de acudir directamente a los medios, los usuarios empezaron a preferir observar qué noticias comentaban y compartían sus amigos, comprendidos como una especie de líderes de información. De tal suerte, Flipboard se despliega como una revista armada a partir de comunicaciones en Facebook, Twitter, Instagram… y noticias compartidos por los contactos del usuario, además de una serie de cabeceras a su disposición.

Zite, anunciado como “Your Personalized Magazine”, llega aún más lejos, y construye una revista a medida del usuario; tras seleccionar una serie de temáticas, la aplicación rastrea artículos de relevancia por toda la web, incorporando blogs y cabeceras que en numerosas ocasiones están fuera del radar habitual del lector.Tanto Flipboard como Zite, además, rompen con la periodicidad de los medios de comunicación, pues su actualización es continua. 

Flipboard, "Tu revista social"

¿Problema de sitios como Zite y Flipboard? En efecto: su gratuidad. Como simples intermediarios de información, ninguna de las dos apps puede demandar dinero a sus usuarios, y a su vez las publicaciones de pago observan con resignación que un producto gratuito es más valioso entre los usuarios. En un artículo titulado “Del júbilo 2.0. al negocio 3.0.”, Adrián Segovia anunciaba la transición por venir en el entorno digital. Facebook y Twitter caerán sólo cuando sean sustituidos por redes comerciales. Algunos casos que pueden servir de guía los encontramos en el programa de afiliados de Amazon, donde sus usuarios también obtienen beneficios como libreros o intermediarios; en redes emergentes como Fancy, o en sitios como Spotify o Filmin.

Con esta perspectiva, tal vez el futuro de la información necesariamente tenga que pasar por una asociación entre empresas editoras y espacios de distribución, siguiendo la línea de intercambios que mantienen las discográficas con la compañía de Ek, aunque eso signifique una lesión en sus señas de identidad, y la derrota ante el propósito de fidelización de los lectores. Veremos.


[1] Tal esmero de los detalles llevó a Newsweek, en su reciente y polémico número protagonizado por el artículo de Niall Ferguson «Hit the road, Barack», a incorporar en la edición para iPad una versión de la canción de Ray Charles, grabada ex profeso, con la letra del titular. Con ese tema, Newsweek daba la bienvenida a sus lectores nada más abrir el número.